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viernes, 25 de julio de 2014
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Una perspectiva desde la autonomía de lo viviente PDF Imprimir E-Mail

Imaginación y Creación: amor, belleza y libertad

Prof. Dr. R. C. Frenquelli

 

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Humberto Maturana

 

Nuestra Cátedra ha sido pionera en la introducción del pensamiento de Humberto Maturana en nuestra Facultad. El presente trabajo, de 1984,  toma alguna de sus ideas.
  

Los seres vivos son sistemas con una organización particular, con determinada “puesta en forma”, lograda a través de intercambios con el entorno. Configuran una cierta dinámica propia, unitaria, individual, que posibilita una identidad que tiende a mantenerse en tiempo y espacio, a reproducirse.

 

Invariancia reproductiva, morfogénesis autónoma, teleonomía, son adjetivaciones que concurren a definirlos. Desde una perspectiva cercana, otro adjetivo, el de autonomía, podría resumir la característica básica de lo viviente: sistemas que subordinan todos los cambios al mantenimiento de la organización, con capacidad autoafirmativa de mantener su identidad. El término autopoiesis (autogeneración), vinculado a lo anterior, alude a la dinámica interna de los seres vivos de configurar una red homeostática de procesos de producción, transformación y destrucción de sus componentes, configurando sus propios límites de existencia.

  

El sistema nervioso es una especialización estructural y organizacional de ciertos seres vivos, que encuentran en el cerebro humano su más alto logro conocido. Es capaz de captar las variaciones energéticas del medio -lo que supone una apertura informacional y termodinámica-  y de devolver una acción sobre el mismo, tendiente al equilibrio homeostático, ideal nunca totalmente logrado, en otros términos a la invariancia de la “información-estructura” que caracteriza a seres vivos en cuestión. Desde este ángulo el sistema tiende a comportarse como cerrado.

  

Acorde al proyecto insito en su estructura y organización, transmitido vía genética, el sistema nervioso humano está preparado para desarrollar diferentes performances según los acoples con el entorno. Acoples que dependerán de distintos factores y se expresarán en la historia, en la ontogenia individual. Esos cambios de estado posibles, registrados por el observador -pero que no son otra cosa que expresión de posibilidades dadas de antemano, no de novo-, los llamamos aprendizajes. Su persistencia es vehiculizada por los procesos de memoria, su mecanismo tiene que ver con el condicionamiento, su asiento morfológico es el sistema límbico.

 

 

Los registros memorizados están en relación a la captación selectiva de nuestros sentidos, que recortan “una realidad” acorde a nuestros intereses, nuestras motivaciones. La neocorteza, nuestro mayor logro evolutivo, autorizará asociaciones variables de aquellos registros; entonces, tendremos nuevas combinatorias, posibilidad de anticipación, ésto es la capacidad imaginativa del hombre, un poco más adelante, la creación. El cerebro humano puede producir información en el curso de su vida individual.

El hombre, como sistema autónomo, tiende a su realización como tal. Desde los primeros momentos de su existencia comienza a diferenciar entre los polos del placer y el displacer, afecto ligado a capacidad de memoria de las experiencias. Afecto y cognición van de la mano, como el rojo de un metal con su temperatura elevada, en la acción del vivir. Ese actuar se desarrolla en el escenario del entorno que los otros hombres contribuyen a formar. Toda acción, desde el vamos, tiene una significación ética.

 

Por eso no será poco lo que pueda insistirse sobre el desarrollo temprano, en la prolongada inmadurez del infante humano. El fenómeno de la impronta marca un concepto de vital importancia en cuanto representa la chance de una fijación comportamental duradera, de significación ética como queda dicho, con efectos significativamente mayores que los tardíamente adquiridos en tiempos de habilidad lingüística. Angustia, miedo, odio; serenidad, confianza, gratitud, irán moldeándose en la interacción donde la criatura intenta realizar su vida.

 

 

Los niveles de organización hasta lo individual muestran una bien lograda concordia de finalidades, células cooperan con tejidos, éstos con órganos, éstos con sistemas, las diferencias no implican jerarquías dominantes.

 

 

En el paso del individuo al grupo, el hombre tiende a romper aquella armonía; apropiación, defensa del territorio, agresividad competitiva, dominancia y sometimiento. Pugna por el apoderamiento de la información, construcción de la ideología atrapante del sometido por las instituciones burocratizadas trabajan “desde adentro” fijando estereotipos, inconcientes. Más o menos el dibujo es monótono: crear un “más allá” donde se resarcirán nuestros padecimientos terrenos; más modernamente (?) teorías que descubren nuestra maldad constitutiva -organizada desde el lenguaje- con un cierre “perfecto” que parece un agridulce bálsamo que anticipa la futilidad de todo intento de mejorar. Aprendizaje de la agresión, de la inhibición con sus escasas coartadas: enfermedad somática, toxicomanía, suicidio... todo bañado por justificaciones variadas, mejores o peores disfraces.

 

 

Un sistema social natural implicaría un conjunto de sistemas autónomos que concurren realizando sus posibilidades, sus autopiesis.

 

 

Lo natural es muchas veces no considerado al tomar lo social. No entraré en discusiones ahora con el ánimo sólo de aportar ideas de otros, a las que suscribo con algún interés. Sólo recuerdo que lo natural termina siendo subversivo en tanto obliga al hombre a replantear lo establecido; pensemos, por ejemplo, en el tan mentado “agujero del ozono”.

 

 

Esta sociedad planteada implica una alternativa ética, que supone una renuncia aparte de la autonomía e individualidad, reclamada para sí y cada uno de los otros miembros de la sociedad.

 

 

Las sociedades tienden al conservadorismo, a la búsqueda de confirmaciones que permitan su reconocimiento, acorde a su tendencia homeostática.

 

 

El cambio supone la desintegración o bien el reacomodamiento del sistema. Todo cambio implica una revolución ética, todo cambio implica un hecho antisocial. El cambio, en tanto movilización de lo establecido, fijado, condicionado, repetido, es creación.

 

 

El cambio nace al colocarse el hombre miembro en observador del sistema, implica el deseo conciente de algo distinto, es un producto del diseño estético humano, está cerca del arte, de lo bello. Como queda dicho, es una ruptura de estereotipos, hay un salto cualitativo, otro orden que tenderá también a asimilarse para su ulterior remoción.

 

 

Los jerarcas detentantes del poder temen el cambio, que a veces proclaman hipócritamente. También los sometidos suelen temerle; por eso decimos que ese movimiento es antisocial. El cambio siempre parte de la dinámica interna del individuo o grupo que pugna por expresar sus capacidades. No es algo que venga de afuera; el afuera -que encarna la cultura- es usualmente anestésico de la conciencia ligada al deseo creador. El afuera, casi inexorablemente, se nos mete paralizándonos, condenándonos -en los casos más afortunados- a una suerte de recurrente caer y volver a empujar.

 

 

El fenómeno del amor implicaría, desde esta perspectiva, poder ver al otro como compañero de alguna o todas las dimensiones de la vida, estabiliza lo social. Bajo él existe la posibilidad permanente de la evolución ética de la sociedad que el amado integra, por ende, la posibilidad de la disolución de esa sociedad.

 

 

El amor, sobre el que se han derramado ríos de tinta, lágrimas de cocodrilo y coronarias -entre otras organizaciones de la materia- suele confundirse con el abuso, ésto es, la negación de lo social, donde no existiría posibilidad de desarrollo autónomo del otro.

 

Terminaré esta síntesis tan ambiciosa como apretada con dos citas de autores que he seguido hoy:

 

Dice H. Maturana en “Etica y Sociedad”:

 

 

“Una sociedad humana, en la cual aprehender a todo individuo como equivalente a uno mismo y amarlo, es operacionalmente legítima, sin demandarles un renunciamiento adicional a su individualidad y su autonomía que el que uno mismo está dispuesto a aceptar como observador/integrante, es un producto del arte humano, ésto es, una sociedad artificial que admite cambios e integra a todos los seres humanos como no prescindibles. Tal sociedad es necesariamente una sociedad no-jerárquica, para la cual todas las relaciones de orden son constitutivamente transitorias y circunstanciales para la creación de relaciones que continuamente niegan la institucionalización del abuso del hombre. Tal sociedad es, en esencia, una sociedad anarquista, una sociedad hecha por y para observadores que no renunciarían a su condición de tales como pre-requisito único para la libertad social y el respeto mutuos”.

 

 

Finalmente, decimos con H. Laborit:

 

 

“Cuando las sociedades suministraran a cada individuo, desde la más joven edad, después durante toda su vida, lo mismo de información sobre lo que él es, sobre los mecanismos que le permiten pensar, desear, recordar, estar feliz o triste, calmado o angustiado, furioso o manso, sobre los mecanismos que le permiten, en resumen, vivir, vivir con los otros; cuando ellas le darán también lo mismo de información sobre este animal curioso que es el Hombre, que se esfuerzan después de darle la manera más eficaz de producir mercadería, la vida cotidiana de este individuo se expondrá a ser transformada. Como nada le puede interesar más intensamente que sí mismo, cuando él se aperciba que la introspección le ha ocultado lo esencial y deformado el resto, que las cosas se contentan de ser y que somos nosotros, por nuestro interés personal o el del grupo al que pertenecemos, que les atribuímos un “valor”, su vida cotidiana será transfigurada. Se sentirá no más aislado, sino reunido a través del tiempo y del espacio, parecido a los otros, pero diferente, único y múltiple a la vez, conforme y particular, pasajero y eterno, propietario de todo sin poseerlo y, buscando su propia alegría, se la dará a los otros.

Pero sobre todo desembarazado de la mezcla confusa de los valores eternos, joven y desnudo en la primera edad, y rico entonces de lo adquirido en las generaciones pasadas, cada hombre podrá, quizá, aportar al mundo su creatividad. No quedará sino desear que ésta le haga descubrir las herramientas del conocimiento, ya que hasta aquí son sobre todo las herramientas del trabajo las que ella ha forjado. La creatividad no puede, por lo demás, ser un trabajo, porque según el contenido semántico que hemos dado precedentemente a esta palabra, satisface un deseo y no una necesidad. Responde a las pulsiones, pero atravesando la banda irisada de lo imaginario, lo que la evita de someterse, esposada a la autoridad de la socio-cultura, que ha deformado los sistemas nerviosos en sus beneficios a lo largo del aprendizaje de las reglas en vigor del comportamiento social. No se trata de un Rousseaunismo utópico, de un retorno a la “buena naturaleza”, al “buen salvaje”, a Adán y Eva antes del pecado original, antes de la absorción del ácido málico, la poción del conocimiento. No, se trata mejor de no confundir “creación de información”, hecho específicamente humano, con mineralización del espacio cultural”.

 

 

  BIBLIOGRAFIA: 

MONOD, J.; “El azar y la necesidad”, Tusquets Editores.          

LABORIT, H.; “L’ inhibition D’ la Action”, Ed. Masson.         

LORENZ, K.; “Sobre la agresión, el pretendido mal”, Ed. Siglo XXI.          

MATURANA, H. y VARELA F.; “Sistemas Autopoiéticos. Una caracterización de la organización viviente”, Cuadernos del grupo de Estudios de Sistemas Integrados, Buenos Aires. 

 MATURANA, H.; “Etica y sociedad”, en “Teorías de la Auto-organización”, Fichas CEA, Buenos Aires.          

VARELA, F.; “Viaje al país de la Autonomía”, en “Teorías de la Auto-organización”, Fichas CEA, Buenos Aires.       

      

 
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